En escalada, todos hablamos de fuerza, técnica y resistencia… pero ¿y si te dijera que una de las herramientas más potentes para mejorar está justo debajo de tu nariz? Sí: la respiración. Dominarla puede marcar la diferencia entre quedarte bloqueado en un paso o fluir hasta la cadena.
Cuando escalamos, el miedo aparece sin pedir permiso. A veces es el miedo a caer, otras el miedo a fallar o incluso a “hacer el ridículo”. Ese nudo en el estómago activa el piloto automático del estrés: respiramos rápido, apretamos demasiado y perdemos claridad. Aquí es donde entra en juego el mindfulness, una práctica que no solo “suena bien”, sino que funciona.
¿Cómo se aplica?
Antes de subirte a la pared, detente 30 segundos. Cierra los ojos y respira profundo: 4 segundos inhalando, 4 sosteniendo, 6 exhalando. Es un reset mental que prepara tu cuerpo para moverse con intención, no con tensión.
En plena vía, prueba a sincronizar movimientos con la respiración:
- Inhalas antes de un paso difícil.
- Exhalas mientras lo ejecutas. Este pequeño hábito te devuelve al presente, frena el miedo y mejora tu precisión.
¿Qué evitar?
- Subirte sin haber respirado ni un segundo.
- Forzar movimientos mientras estás bloqueado mentalmente.
- Aguantar la respiración cuando te pones nervioso (¡todos lo hacemos!).
- Pensar solo en “no caer”, en lugar de pensar en “cómo moverme”.
La escalada no es solo fuerza: es calma en el caos, foco en el instante y una conversación constante entre mente y cuerpo. Si entrenas tu respiración igual que entrenas tus antebrazos, verás cómo empiezas a escalar con más control, más confianza y, sobre todo, más disfrute.



Un comentario
Me encantó!!!